
Me duele la vida tanto como tu muerte.

Me quedo solo en este santuario de palomas perdidas.
Respiro profundo el aroma a silencio,
a dolor mezquino,
a dios dormido.
Me refriego caliente entre las piernas de la muerte.
Jadeo profundo,
me muerdo la boca para no gritarte,
para no rezarte.
En la sombra agredida de mi voz
me encontré desnudo de palabras,
sin tanta vanidad ya en los labios, sin tanta soberbia.
Carcomido por las ganas de olvidarte
me sometí a tu recuerdo redoblado,
con las manos ya vacías, con la memoria devorada.
El deseo se lo tragó una plegaria nocturna
dirigida a un pueblo de hombres perdidos
en donde tú y yo
aún nos amamos,
o al menos eso creemos...
Estar solo no es casualidad,
soy un ángel que ha caído a tu lado
y estar contigo no es casualidad,
escogí habitarte más allá de lo deseado.

A pesar de que pisoteé tu sangre con la ira de los sueños desertores, a pesar de que escupí las sobras de este amor envenenado, a pesar de eso y más, apareces tú y me vuelvo de papel seda.
Soy tan frágil al calor de tu recuerdo, que parezco encenderme con sólo nombrarte.
Cuando te creía en el abandono más grosero, en la soledad más indigna, apareces tú y no me queda otra que envolverme en tu regazo y esperar que esta ilusión de manos escondidas me tome entre sus dedos y como agua me deje huir.
A pesar de que tu boca me hace trizas la memoria, a pesar de que tu mirada me recoge el alma,
a pesar de que tu fuego me obliga a sudar mi deseo, a pesar de eso y más, espero que aparezcas tú y aparezca yo entre tus brazos.

















La sangre tira y no tengo idea de a dónde me quiera llevar,
con una fuerza que se pierde entre los dedos del que no quiso jamás jalar.





























